HOGUERA PARA LOS MUERTOS 

      La gente que a finales de 1943 o al comienzo de 1944 pasaba por la carretera de Belgrado hacia Avala, a lo largo de la sección de unos tres a cuatro kilómetros, cerca de la aldea Jajinci, tenieron que sentir el terrible olor que a veces obligaba a poner el pañuelo en la nariz. El olor, característico de las ruinas de quemados de una ciudad bombardeada, era todavía más insoportable cuando el viento soplaba desde Torlak, de la iglesia en la colina donde empezaba el pueblo Kumodraž. Un humo, negro como el hollín, se levantaba en algún lugar desde la gran pirámide de tierra en el antiguo campo de tiro de la Guarnición Militar de Belgrado, y mantenía una conección constante con las nubes. Pero, por los árboles, las casas y alta cerca de juncos que rodeaba el campo de tiro, no se veía ninguna llama. El pasante sólo podía adivinar de donde salía este humo y que es lo que se esta quemando, pero los residentes de Jajinci, Rakovica, Kumodraž, Beli Potok y otras aldeas de la zona sabían muy bien de sus orígenes. A menudo ellos veían cubiertos camiones alemanes y los “Marica”1 pintadas de verde oliva que entraban al campo de tiro, después de que se escucharon los largos disparos.

      En el campo de tiro cerca de la aldea Jajinci han asesinado y enterrado a unos 70.000 habitantes, una ciudad entera. Una ciudad de los serbios de todas las partes de Serbia, una ciudad de los Judios. Luego, cuando la guerra empezó a girar la suerte a la Wehrmacht, había que borrar las huellas de esta ciudad de los muertos y por esta razón el fuego y el quemado no paraban.

      Las huellas quitaron realmente: las personas matadas fueron quemadas, los huesos que quedaron se aniquilaron a golpes de martillo y las cenizas se difundian por los campos de alrededores.

      Pero, a pesar de todo, algunos sobrevivieron para contar la historia.

      Cuatro condenados a muerte escaparon al cumplimiento inmediato de la sentencia, solo porque les dieron el deber de quemar a los cadáveres.

      Esto es la historia de uno de ellos.

      La historia de Momcilo Damnjanovic, antes de que le clasificaron a la categoría para fusilamiento, era propietario de un restaurante y contador en un Servicio de cooperación del pueblo Vrbovci.

       
SMEDEREVO 

      Estamos detenidos aquí ya nueve días. Nos llevaron a nosotros, veinte campesinos del pueblo Vrbovec, al sótano del edificio en la estación de policía. El piso era la tierra. Estabamos acostados sobre las pequeñas alfombras que hemos traído. El siervo de jefe de policía Hristivoje nos lleva un poco de agua. De hecho, no nos están dando nada de comida. Sin embargo, es permitido que todos los días a mediodía los familiares nos entreguen algo. Nos traen los parientes, pero también nos envían paquetes desde la ciudad. ¿Quién lo hace, no sabemos? Hasta, podemos decir, en esta situación nos estamos alimentando bien. 
 

      Estoy detenido aquí, y nadie pregunta nada.

      Los militantes de Ljotić me detuvieron uno de los primeros días de septiembre de 1943. Me acuerdo, el día ni siquiera se terminaba y junto con la lluvia, irrumpieron a mi casa.

      Estamos aquí ya diez días y nadie sabe nuestro secreto, no saben que nuestra acción no se a cumplido.

      En realidad, el día antes de la detención de nosotros veinte, algunos de los cuales ni siquiera llegaron a la cárcel de la jefatura de policía en Smederevo, nos estábamos alistando para ayudar a los cinco partisanos que los milicianos de Ljotić bloquearon en una casa rural. Hemos preparado las armas que teníamos escondidas y nos hemos acercado al edificio cercado, pero finalmente no hemos tenido tiempo para tomar cualquier acción. Los partisanos lanzaron un par de bombas y el anillo hecho a lado de la casa se ha diluido. Escaparon todos menos uno. Hemos tratado de hacer lo mismo. Pero, cerca de las últimas casas del pueblo, hemos encontrado otra emboscada. En este momento nos hemos separado y hemos escondido nuestras armas. Por suerte no nos vieron, pero la mayoría de nosotros estaban ya antes sobre las listas de sospechosos. El hecho de que los partisanos estaban en la área de nuestra aldea era suficiente razón para nuestra detención.

      El décimo día nos despertó el siervo Hristivoje. Estaba a la puerta y llamaba los nombres. Los detenidos salen uno tras otro. Después de una media hora, regresa el primero. Lo traen porque no puede caminar. Es cubierto de sangre y agotado por la paliza. Traen el segundo, tercero...Oigo que Hristivoje grita a mi nombre. Salgo del cuarto. Tan pronto que salí, a unos dos o tres pies de la puerta, de bajo de mis brazos me agarraron dos civiles. Más me llevan que voy con mi propia fuerza. Se abrió la puerta de una habitación en la planta baja. Mis ojos ciegó la fuerte luz.

      Era una habitación normal en la que durante el día trabajaban los funcionarios del municipio. Dos mesas, cocina, armario y algunas sillas. En un rincón una maleta abierta, llena de palos policiales. Rastros de sangre en el suelo.

      Hombre sentado al lado de la gran mesa se presenta:

      - ¿Sabes que nosotros hemos venido de Belgrado...somos de la Policía Especial?...

      - Mejor confesa todo ahora para que no toquemos esas cosas - interfirió el otro mostrando con el dedo a la maleta con palos.

      Pero yo no tenía nada que confesar. Es que yo nunca era partisano. (Claro, les ayudaba económicamente y coleccionaba las contribuciones, pero no cierto que estaba ya dos veces anteriormente en la misma estación). Nuestra acción, para la ayuda a los partisanos situados en la casa enrodada, no se realizó y yo no me veía obligado a confesar nada.

       - No tengo nada que confesar - he aclamado en voz alta.

      - ¿No? ¿Estás seguro? - Dijo el otro, saliendo detrás de la mesa y acercándose de mí cara. - Y Kika? ¿Cuál es tu relación con Kika Damnjanovic?

      Fue un malentendido. Realmente tenía una sobrina Živka Damnjanovic-Kika. Pero mi sobrina ya estaba muerta. En 1942 ella ha llevado a cabo un atentado en un hotel de Mladenovac, mató a tres altos oficiales militares alemanes antes de encerrarse en una habitación del hotel. Luego, después de que la rodearon, cometió el suicidio. Agentes, seguramente, pensaron a otra Kika. Pensaban a la Damnjanovic Bozidarka, la famosa comandante partisana, que tenía el mismo apodo partisano como mi sobrina.

      - Yo no conozco a ninguna Kika!

      - Bueno pues, la vas a conocer! - Diciendo esto, se ha puesto de pie el alto policía y con el otro se preparo a hacer el trabajo. Me ataron las manos delante del pecho y las piernas en la altitud de los tobillos. Entonces me ordenaron a acuclillarme. Mientras estaba de cuclillas, me metieron las manos atadas sobre las rodillas, luego de una esquina sacaron un gran palo de madera y me lo colocaron entre las manos y las rodillas. Palo se convirtió así en una especie de eje, y yo en la rueda. Luego levantaron el palo y lo pusieron entre dos mesas. Uno me cogió por la cabeza y empujó con fuerza. Me di una vuelta entera.

      - Vamos, confesa - dijo - para que no te conviertes en un carrusel...

      Me golpearon hasta que la camisa no se ha enrojado. Hasta entonces, no creía que uno podía sucumbir por dar palizas y tampoco sabía que los batones de policía se podían romper. Pero, en mismo tiempo cuando lo he aprendido, casi perdí el poder de hablar. Igual si quería confesar algo, no tenía suficiente fuerza por ello.

      Cuando terminaron, sacaron el palo, desecharon las cuerdas y me dejaron a dos de los detenidos para que me lleven al sótano. Me acogieron mis campesinos. Uno de ellos ha vertido a rakija sobre mi cuerpo. Cuando la ropa se ha bien empapado de rakija, me acostaron sobre la carpeta. La totalidad de mi ropa se convirtió así en una especie de desinfectante que se suponía que debía cicatrizar y aliviar las contusiones.

      Ya era final de octubre, cuando una mañana nos llevaron al patio y nos colocaron las esposas en las manos. Ha subido la niebla y empezó  a llover. Nos llevaron a la estación de trenes. Hemos traído nuestras carpetas también. Nuestra ropa estaba manchada y sucia de tierra. Miodrag Milicevic iba sin calzado, solo en calcetines. Sus piernas estaban tan hinchadas que no podía poner zapatos. Por las mismas razones yo he cortado la parte superior de mis zapatillas y las he agarrado con cuerda y alambre.

       
BANJICA  

      Llegamos a Belgrado el mismo día por la tarde. Más de una media hora, estábamos arrastrándonos por las calles. He tenido la impresión que me encontraba en una ciudad extranjera, desconocida. En realidad, después del bombardeo alemán, tantas ruinas dejaron una ciudad totalmente diferente.

      La prisión de la policía especial en la calle Đušina estaba llena y por esta razón que nos metieron en una habitación de pasaje. Ansiosos por nuevas noticias "los viejos" enseguida empezaron a questionarnos. Pero nosotros, en este sentido, no les podíamos ayudar nada. Un hombre joven de los alrededores de Belgrado me dio su blusa nueva, y me dijo que ponga mi vieja camisa, llena de sangre, debajo de mí, en el suelo. Me ha regalado también unos zapatos.

      Sin embargo, todavía me sentía muy mal. Tenía los pies hinchados y estaba lleno de moraduras. En tal circunstancias, ni pensé en escape, porque hasta si se presentaría una buena ocasión, no creo que podría aprobecharla. Me mudé como si estaba con cadenas. Todo esto me llevó al estado de indiferencia, cuando uno consciente de que no puede hacer nada, cree solo en milagros. Sólo un bombardeo, pensé, bombardeo que destruyera el vallado, abriera la puerta y mataría los guardias, podría traer la libertad.

      Desde que llegué a la cárcel, nadie me ha dicho nada oficialmente. Bueno, a la final eso ni era usual. Sólo me acuerdo que los que me golpearon en Smederevo, han mencionado a Jajinci. Aquí, en la calle Đušina, tuve la oportunidad de aprender más acerca del campo de disparo en Jajinci y de las vías que llevaban hasta ahí. El vigésimo día de estancia nos llamaron a la sala para firmar algo. Nadie nos dijo que es lo que estamos firmando, pero en la esquina derecha del formulario he leído: "Primera-A categoría". Esto significaba: la condena a muerte por fusilamiento.

      No recuerdo cómo he entrado al camión. El viaje duró unos quince minutos. Quizá ni tanto. Una parte del camión estaba cubierta y en la parte abierta estaban sentados los gendarmes, por lo cual no veíamos la calle.

      El camión ha parado. Nos hemos encontrado en un gran patio. Alrededor se extendía la pared de unos cinco metros de altura, y en las esquinas a unos dos o tres metros por encima de la valla, sobresalían las cúpulas con ametralladoras y reflectores. Se veía el antiguo cuartel del regimiento XVIII que se parecía a una caja blanca, masiva y pesada. Las ventanas, pintadas de color de las paredes, casi no se notaban.  
Desde el camión nos llevaron a un cuartel de madera. Cuarentena. Más tarde, por la noche se nos acercó el vigilante y grito los nombres Milutin Ivanovic, Miodrag Milicevic y el mío. Todos los tres eramos del pueblo Vrbovec. El vigilante nos dijo que para la primera categoría la cuarentena no se aplica.

      Nuestra nueva residencia era una habitación en el segundo piso con número 66. Inmediatamente después de la llegada, el jefe nos dijo en confianza de cuidarnos de posibles agentes metidos entre prisioneros. Sesenta días y noches, el tiempo que he estado en la habitación 66, no he bajado al patio ni he visto los prisioneros de otras habitaciones. Solo hemos caminado por el pasillo una vez al día, mientras que otras habitaciones estaban cerradas. Los días pasaban uno atrás otro. Cada noche íbamos a dormir sin saber si vamos a ver el siguiente día. Por la noche nos despertaba tintineo de llaves, la apertura de puertas, la llegada y salida de camiones y llantos. Todo esto llevaba a la conclusión que los habitantes del campamento se cambiaban a diario. Esta “vida nocturna” nos torturaba, nos rompía más que una paliza.

      Un día, de sorpresa, nuestra habitación ha visitado el jefe del campamento Vujković. Inmediatamente se acercó a las ventanas. Ha mirado el vidrio y, de repente, empezó a pegar con los pies y dar bofetadas a nuestro vigilante. Alguien de los prisioneros en la sala había arañado el vidrio de manera que se podía ver lo que pasaba en el patio.

      Segunda o tercera noche después de esta visita, desde la sala vecina en donde se estaban las mujeres, se escuchó un gran ruido. Después de unos disparos todo se ha calmado. Antes del amanecer las mujeres nos avisaron a través la pared: Vujković mató a una niña porque estaba mirando por la cerradura de la puerta. Por ello, otras tres le escupieron y ahora ellas también están muertas.

      Una vez cada quince días nos permitieron recibir paquetes. El pan en los paquetes venía cortado y de los alimentos nos quedaban solo lo que no les gustaba a nuestros guardias. Así, un día he recibido además de pan y unas manzanas, un pimentón rojo seco. Me preguntaba porque la mujer envió este pimiento cuando sabía que no hay con que comerlo. Le dí a un compañero de la habitación. Pero un poco más tarde él se me ha acercado cuidadosamente y, asegurándose de que nadie lo ve, me entregó un pedazo de papél.

      - Estaba en el pimentón – dijo de voz baja.

      En un pedazo de papél la mujer ha escrito una carta.

      El 22 de diciembre de 1943 ha venido otra vez nuestro guardia, esta vez con un gendarme. Llamaron a Milutin Ivanovic, Miodrag Milicevic y a mí. Dijeron que nos alistemos para salir y que llevemos nuestras cosas. Estábamos confundidos, así que todos los demás en la habitación. Hasta ahora, nadie ha ido al campo de tiro con sus cosas. Mientras nos empacabamos de modo desconcertado, el gendarme dijo:

      - ¡No tengan miedo, van a trabajar!

      No creíamos. Estábamos convencidos que íbamos al fusilamiento y nos hemos despedido de los demás.

       
JAJINCI  

      Cuando salimos de “Marica”, vimos otros tres automóviles de los mismos. Hubo un total de veinte reclusos. Nos paramos al frente de una casa, cuyo techo casi podíamos tocar con nuestras manos. La pared que rodeaba la casa era más alto que el techo. El teniente alemán nos habló. Aquí, en el campo de tiro, tenemos que hacer un trabajo útil para el Reich alemán. Para ello, les vamos a dar una recompensa. Pero, si alguien trata de escapar, será inmediatamente ejecutado.

      De nuestro grupo se ha separado un hombre de edad, decrépito, y dijo que estaba enfermo. En este momento, nos hemos dado cuenta que, la mitad de nosotros veinte, eramos incapaces para cualquier tipo de obra.

      - Usted irá al hospital - un intérprete traducía las palabras del teniente.

      A nosotros "sanos" nos han introducido a la casa enterrada. Este espacio era un antiguo almacén de pólvora: una gran habitación con una ventana a la altura del techo. Creíamos que ívamos a permanecer allí y por ventana quieríamos ver lo que pasa afuera. ¡Pero, los nueve "sanos" no estaban capaces de llevar a un solo hombre a la altura de la ventana! Se escucharon las voces y ruidos. Luego entraron los alemanes con cadenas y comenzaron a encadenarnos. Afuera se escucharon unas ráfagas de ametralladora, disparados en la proximidad, cuales en un momento sustituyeron el ruido de los golpes de martillo. Despues, todo se ha calmado de nuevo.

      Ya ha caído la noche, cuando salímos del almacén de pólvora. Los pasos de los alemanes que nos acompañaron fueron normales, pero nosotros obstaculizados por las cadenas, tuvimos que correr para no quedarnos detrás. Las cadenas apretaron mis piernas hinchadas, hicieron el terrible ruido pero yo estaba feliz. Estaba verdaderamente contento por los anillos de hierro esta noche, porque eran un signo fiable de que no nos van a fusilar inmediatamente.

      Era realmente difícil decir para que servía el edificio en el que ahora nos dejaron, pero es seguro que este espacio nunca antes era habitado. En todo caso, desde el momento que abrieron la puerta, se sentía un fuerte olor a sudor. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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            DOLINAR LOJZE    Monumento a los fusilados

                      en el campo de Jajinci,

                      arcilla, 1942-1959 
                 

      Sólo una pequeña ventana y una puerta. Debajo, en el piso de hormigón, junto a la muralla, sobre paja se extendían unas cien personas. Algunos de ellos, soportados de los codos levantaron sus cabezas. La mayoría, sin embargo, no nos ha hecho caso. Sus vistas fijadas y mejillas peludas, todos con huecos por debajo de los pómulos, daban la impresión de que llegamos a una morgue provisional en la cual se traía la gente un par de horas antes de lo que lo que era necesario.

      Caí  a la cama a lado de un hombre joven de barba roja. De él aprendí que su principal y único deber era de quemar a los cadáveres. Ha pronunciado unas pocas palabras más, y de repente se ha callado. En la ventana apareció la cabeza de un soldado. En la parte exterior han colocado unas escaleras de manera que vigilantes, cuando subían, podrían ver dentro de la habitación. En una esquina, del otro lado del cuarto, he reconocido a un abogado de Smederevo - Judio. La mayoría de los residentes de la habitación eran Judios, a excepción de diez de nosotros que acabaron de llegar, y unos veinte gitanos.

      El siguiente día por la mañana, mientras que los alemanes nos enumeraron por tercera vez, estaba mirando a los alrededores y veía solo a Avala y el cielo. Me sorprendía, sin embargo, tanta precisión. Nos estaban contando como si éramos joyas, y no la gente que luego va a quemar a los muertos.

      Recién cuando terminaron de contarnos por quinta vez, nos fuimos. Hace bastante frío. Siento picazón por todo el cuerpo por los bichos que me picaron durante la noche anterior. La vía por la cual caminábamos era adoquinada, pero resbaladiza. Poca nieve que cayó se ha fundido de inmediato convertiendose en barro. Por la izquierda y la derecha de la carretera ví unas trincheras. Un poco más lejos del campo de disparo principal, veo una hoguera de cadáveres a mitad quemados. En el pico de la pila reconocí la ropa del viejo que ayer dijo que estaba enfermo y no podía trabajar.

      El grupo se detuvo frente a las fosas excavadas simétricamente. Se podían ver los cadáveres que sobresalían. Antes de empezar el trabajo, a nosotros nuevos nos están uniendo a los grupos existentes. El primer grupo está en la fosa, dedicado a sacar los cadáveres y la carga en el tablón hecho de madera. Segundo grupo transporta los cuerpos desde las fosas hasta la hoguera, el tercero recoge las cenizas debajo de la hoguera, golpea y pulveriza los restos de los huesos y luego distribuye las cenizas. El cuarto grupo excava y cubre las fosas, recoge los restos que eventualmente cayeron de los cadáveres.

      Todo el trabajo es supervisado por el sargento Stägemann. Con un palo de acacia en la mano, si necesario, el pegaba a los que llevaban los cadáveres. Yo estoy adentro de la fosa, recogo y cargo los cadáveres. Estoy pisando encima de lo que poco antes eran personas, ahora secos pedazos de cuero y huesos. Algo me da angustia, me siento muy mal, casi lloro. Me vienen varias ideas a la cabeza, me viene que salga de la fosa y me vaya a sofocar al sargento Stägemann con mis propias manos. Pero enseguida recuerdo que hace pocos minutos, se me cayó de las manos la camilla con un cadáver cuando he tratado de llevarla.

      De repente, se escucha el silbato de Stägemann. Desayuno. Los ya acostumbrados saltaron de las fosas y tan rápido que les permitían las cadenas se lanzaron hacia la gran caldera en la que fumaba agua mezclada con un poco de harina. Yo he salido muy despacio de la fosa y me he sentado. No podía comer. Miré hacia abajo, a la esquina debajo de mi. Veo a un niño de máximo diez años vestido de un abrigo roto en dos o tres lugares. Alrededor de roturas manchas de sangre coagulada. Su cuello es cubierto con pelo rubio largo de una mujer sentda a lado.

      El muchacho también es rubio.

      De nuevo el silbato. Los que no desayunaron, derramaron la “sopa” y volvieron a trabajar.

      Pila de cadáveres crece hasta convertirse en la hoguera.

      Hoguera, es de hecho construida de cuatro piedras enterradas y cuatro barras de hierro que se conectaban desde arriba. Encima de esas barras eran puestas unas cuatro más, ordenadas de forma de algún tipo de parilla. Sobre la parilla se estában colocando los cadáveres como pedazos de madera. Por la tarde se apilaron alrededor de 700 cadáveres, después de que bajo los rieles hemos puesto troncos de madera, aceite de máquina y hemos prendido el fuego.

      En seguida se sentió el olor de la carne y pelos quemados. Se ha elevado un gran humo negro, salieron chispas y los cuerpos crepitaron como leña.

      Una vez más nos cuentan. El primer día de trabajo ha terminado.

      El segundo día yo trabajaba en la fosa en que fueron botadas las niñas y las mujeres, en su mayoría judías. Los alemanes nos ordenaron de remover a los cadáveres solo el oro y el caucho. Al mediodía ha llegado un camión que llevó una gran pila de calzado. En un lado, hemos llenado dos cajas de adornos de oro, anillos y relojes.  
Stägemann está enojado esta mañana. En las proximidad de las fosas que terminamos ayer, ha encontrado partes de ropa. En seguida ha dado paliza a todo cuarto grupo, cuya responsabilidad era de cubrir las fosas.

      Parecía que los alemanes estaban dandose prisa. El cuarto día han “automatizado” el transporte de cadáveres. Desde las fosas hasta la hoguera han construido un ferrocarril de unos diez metros de longitud. Luego han colocado una especie de vagón de transporte abierto con un alto pilar y cuatro sostenedores. En la parte superior de la columna central estaba la palanca. Esta palanca con la pala de un lado podría levantarse y bajarse, así que girarse a la izquierda y la derecha. Cuando el vagón se acercaba a la fosa la palanca se bajaba y cargaban la pala de dos cadáveres. Luego el vagón se empujaba hacía la hoguera, la palanca se girába de un lado y los cadáveres caían encima de la pila quemada. De esta manera se podía trabajar mucho más rápido. Quemábamos alrededor de 1.200 cadáveres al día.

      Ya trabajo casi veinte días así y estoy acostumbrado a muchas cosas. Pero hoy he experimentado algo inusual hasta para las condiciones de aquí. He visto a un hombre vivo encima de la pala.

      El médico militar alemán Dr. Jung, que a menudo nos visitaba, ordenó que a este desgastado y enfermo músico de Smederevo, lleven vivo a la hoguera. Unos dos soldados alemanes le agarraron y le metieron a la gran pala. Pero tan pronto como la palanca comenzó a subir, el joven ha saltado. Yo me preguntaba ¿Cómo este joven judio tiene tanta fuerza. De inmediato se ha puesto de rodillas frente a Dr. Jung y Stägemann y ha empezado a rogar por su vida.

      Stägemann sacó su pistola y... la bala se quedó atascada. Segundo intento, tercero... Finalmente, Dr. Jung ha sacado a su revólver y le ha prestado a Stägemann. El ruego de este hombre joven que ya no era capaz de trabajar se cumplió en el sentido de que le dispararon por la espalda, en la parte trasera de la cabeza y no le quemaron vivo. Unos momentos más tarde, su cuerpo fue puesto en la pala y luego hacia abajo a la hoguera. Su cuerpo estaba quemándose junto a aquellos que él mismo sacaba de las fosas pocos minutos antes

      En Jajinci reinaba una ley cruel: vives, mientras que puedes trabajar. Ninguno de los que se quejaron al medico o pidieron el hospital no han vuelto a la habitación. De costumbre, el día siguiente veíamos sus cuerpos en la hoguera. Recién allí, en Jajinci, empecé a comprender que grande ayuda fue de aquel joven de la calle Đušina que me ha regalado la blusa y los zapatos. Gracias a la buena ropa y zapatos no me he enfermado y he podido seguir trabajando.

      Después de este asesinato público me quedó claro cual será el destino de todos nosotros que estamos quemando los cadáveres. Viviremos hasta que haya cadáveres en las fosas. Luego, cuando les quemamos todos, vendrá alguien que nos quemara a nosotros también.

      La muerte del joven musicante de Smederevo fue la última advertencia. Yo siempre tenía la idea de escaparme, pero ahora me decidí a intentarlo tan pronto que posible. Hace poco, en una fosa, he encontrado una navaja de bolsillo bastante grande y la he empezado a afilar contra el cemento por debajo de mi cabeza. También he tratado de sacar las cadenas de la pierna derecha y, lo que me alegró mucho, me di cuenta que es posible. He empujado la cadena hasta el medio pie, pero aún no me atrevía a sacármelo totalmente por temor de no poder volverla despues.

      Unos días después en la fosa encontré a un nylon de seda. Por la noche lo he enrollado en mi pie, lo que me ha ayudado a sacar el hierro facilmente. De la misma manera lo he repuesto. Con un pie libre podría correr. ¿Pero cómo? En los alrededores del campo se encontraba alta cerca de juncos rodeada de alambre de púas. Nuestro edificio también está con cerca. Uno de los guardias esta en la puerta afuera de la alambrada y el otro adentro, a lado de la ventana de nuestra habitación.

      Justo en estos días, cuando pensaba más intensamente a la escapada, se me acercó Vlada Zecevic:

    • Te estás preparando para escapar - me dijo con voz baja.

      Yo le miraba con un tono de reproche, y tan asombrado de que las palabras no eran necesarias. Pero esta conversación no se ha terminado así. Vlada insistió y dijo que se dio cuenta de que debajo de la carpeta yo estaba tratando de sacar las cadenas. Finalmente he confesado. El día siguiente estábamos trabajando juntos. Nos dimos cuenta que los dos podíamos quitar la cadena de un pie. Hemos creado un plan de escape. El domingo es día libre y nos dejan de pasar la tarde a frente de la puerta. Vamos a esperar al alemán con el balde y voluntariamente iremos a traer el agua potable. La fuente se encuentra a unos 200 a 300 metros de nuestro edificio. A lado de la llave vamos a matar el alemán y nos escaparemos. Pero, tendremos que estar al menos cuatro hombres porque somos demasiado débiles. Quedamos en que Vlada encuentre dos personas más y que con la ayuda de un viejo Judio, que ya está en el campo bastante tiempo, se examine la mejor ruta del escape.

      Con temor y la alegría esperábamos la próxima semana. Todas las noches yo practicaba la eliminación de la cadena de mi pie. Finalmente fue tan fácil que ya he podido quitarle en pocos segundos.

      El domingo amaneció con nieve. Inmediatamente después del almuerzo, salí a la puerta. Me quedé allí dos horas, y cada minuto posterior trajo una creciente ansiedad, nerviosismo. Varias veces he entrado y salido. Miré al cielo y le rogué que nos regala la nieve. Sino, nuestros perseguidores podrían fácilmente descubrir nuestras huellas. Estaba agarrando a mi navaja de bolsillo, ahora afilada como navaja de afeite.

      Antes de la cuatro de la tarde la nieve comenzó a caer de nuevo. El guardia de la puerta exterior se acercó a la valla de alambre y se reunió con el otro que abandonó su puesto a lado de la ventana. Conversaron un rato. El alemán con baldes, que debería llevar los voluntarios al agua, no venía. Seguramente, ya han pasado las cuatro de la tarde. Un poco más y estaremos bloqueados. El alemán que deberíamos matar todavía no aparecía. Giro mi gaveza hacia Vlada. Me dio una señal apenas perceptible y se fue a la esquina opuesta del patio de donde se encontraban los guardias. Me apuré lo más que me permitían las cadenas. Cuando estabamos detrás de la pared, Vlada ya hemos sacado las cadenas y comenzamos a subir la cerca del alambre. Me quité rápidamente el hierro y me lo llevé en la mano. Los dos colegas detrás de mi hicieron lo mismo. Los guardias siguieron conversando. Todos hemos subido la cerca del alambre con suceso.

      Corría con todas mis fuerzas hacía Vlada Zecevic que iba primero. Nos tomó  diez minutos para llegar a la valla de juncos. En las inmediaciones del puesto de guardias, que estaba vacío, hemos hecho un pequeño hueco y pasamos por allí. El Judio de Smederevo, nos dió buena dirección. Pero, todavia no hay que entusiasmarse. ¿Quién sabe si no nos van a perseguir?

      Tenemos ya un kilómetro de distancia de la valla. Paramos un rato y desde la colina miramos hacía el campo. La visibilidad era muy baja: se notaba un mixto de nieve y el primer crepúsculo. Todo está silencioso. No se escucha ningún ruido, que nos indicaría que se alertó el campo. Parece que nadie se dio cuenta de nuestra escapada.

      Hemos tomado el camino hacia el pueblo de Grocka. Cae la nieve y cubre nuestras huellas. Durante la subida a la cerca del alambre he perdido un zapato. Ahora me he sacado también el otro, para poder correr más rápido.

      No hemos parado de caminar toda la noche. Antes del amanecer, a distancia hemos visto al río y un pueblo. Danubio y Grocka.

      Nos escondimos debajo de un pequeño puente del camino rural. Decidimos de esperar la noche allí mismo. En este momento dije a mis amigos:

      - Hay que acordarse del 29 de enero de 1944.

      Muy bajo, casi por encima de nuestras cabezas, sobrevolaban los aviones de combate alemanes. Como si nos estan buscando.

       
“Escapados de la muerte”

Momcilo Maric